Cuéntame tu historia #45: la gran bola de cristal

Me llamo Sara, tengo 25 años. Vivo en un pueblo pequeño de Madrid con mis abuelos, pues mis padres murieron cuando yo tenía 3 años. Voy a contaros la historia más importante de mi vida. Hace 9 años, es decir, cuando tenía 16, una gran pandemia desoló la tierra, ¡hizo que la gente se quedara tan quieta en sus casas que paró el planeta! Sí, amigos, como lo oís, o al menos así solían dramatizarlo los adultos. La verdad es que un virus llamado Coronavirus empezó a infectar a todos. Para que la gente dejara de contagiarse los gobiernos del mundo decidieron cerrar los países y obligar a todos a encerrarse en casa; y así lo hicieron. Pero no os penséis que fue tan fácil. Los hombres, egoístas como ellos solos, se quejaban por estar encerrados tanto tiempo. Y aquí comienza mi historia.

El día 2 de junio de 2020, después de llevar 2 meses, 2 semanas, 5 días, 7 horas y 23 minutos encerrados en casa, todo el mundo, al oír “se acabó la cuarentena” cogieron sus llaves y salieron de sus casas. Parecía como si no hubiesen visto la luz en miles de años. Es cierto que, aunque no era oficialmente verano, el calor que hacía decía lo contrario y hasta parecía que dentro de las casas se hubiera quedado el invierno.

—¡Oh! Menos mal que ya podemos salir, no soporto vivir tanto tiempo encerrada.        —gritó una mujer adulta, de unos 55 años—.

—Pero, señora, ¿qué dice? ¿acaso no ve que lleva toda su vida encerrada en una bola de cristal? —respondí yo gritando aún más fuerte. No me había dado cuenta de que me escuchaban cientos de personas —.

Después de un corto silencio que para mi fue eterno, la señora comenzó, junto con el resto del mundo, a reírse a carcajadas.

—¡Por qué os reís de forma tan desagradable! ¡Digo la verdad! Aunque vosotros estáis demasiado inmersos en vosotros mismos como para daros cuenta de que no somos más que figuritas en una bola de cristal y nieve. —refunfuñé—.

Lo único que fui capaz de escuchar después fueron varias voces a lo lejos diciendo “pobrecilla está loca”, “dejadla tiene un problema en la cabeza”, y muchas más así. Esto me enfureció mucho y exclamé: —¡Os lo demostraré sinvergüenzas, demostraré que no estoy loca! —.

Acto seguido, subí a casa, le dije a mi abuela que me iba, que debía demostrar mi cordura y que no habría nadie capaz de impedirlo. Mi pobre abuela, casi se muere del susto, pero le dije que estuviera tranquila que volvería sana y salva, y parecí convencerla. Francamente, pensé que sería mucho más difícil. Mis abuelos eran unos seres extraños. Mi abuela, que era muy mayor, tenía una enfermedad que le hacía olvidarse de todo. Yo la quería muchísimo, pero a veces me era imposible razonar con ella, así que en cuanto asintió, aunque con cara de susto, le di un beso y me fui. En cuanto a mi abuelo, es el hombre más despistado del mundo, probablemente, si ahora le preguntara qué hizo cuando estuve fuera tanto tiempo me diría que jamás he estado fuera de casa. Pero, en fin, los quería como a nadie. 

Hice mi maleta, cogí una de las tarjetas de crédito de mi abuelo, un mapa del mundo y me fui de casa. Ahí comenzó el viaje que, no se si me cambió la vida, pero desde luego me enseñó todo lo que agradezco haber aprendido. Comencé desde la puerta de mi casa a visitar todos los rincones del mundo, o eso quiero recordar. España, Francia, Italia, Estados Unidos, China, Austria, Brasil, Alemania, Rusia, Australia, Chile, Perú, Canadá, Egipto, etc. Visité cada uno de los rincones del planeta buscando la pared de cristal que nos cubría la cabeza y en la que vivamos encerrados, aunque nadie pareciera darse cuenta.

No recuerdo mucho de los lugares en los que estuve, pero de lo que sí me acuerdo es de los grandes amigos que hice por el mundo. Lo cierto es, que soy muy sociable, aparte de testaruda. Cuando se me mete algo en la cabeza no hay quien me lo quite. También soy muy madura, supongo que el dolor desde pequeña te hace ser más fuerte. Así con mi madurez y mi cabezonería me recorrí el mundo.

Al principio del viaje todo era muy fácil, las esperanzas y las ganas de llegar me daban fuerzas. Comencé tachando en el mapa cada carretera, monte, camino, pueblo, ciudad, país, por el que pasaba.  Poco a poco iba pintarrajeando el trozo de papel que me guio durante mi aventura. Más adelante el camino se hacía duro. Echaba de menos mi casa, mis abuelos, hasta a los insufribles vecinos que se reían de mí. Aunque luego siempre me acababa encontrando con buenas personas que me ayudaban y me hacían olvidar todas las penas que podía tener. Esos eran los mejores momentos del día, cuando caminaba con alguien o alguien me dejaba dormir en su casa, esos y el momento en el que tachaba un lugar del mapa. 

Después de 9 años recorriendo cada rincón del mundo sin respuesta, y teniendo todo el mapa emborronado de tinta, solo me quedaba un lugar donde mirar una pequeña isla en lo más bajo del mapa que casi era invisible. Con mi último aliento decidí ir, con una mínima esperanza. Llegué hasta el trozo de tierra más próximo a esa isla. Acto seguido alquilé un barquito con motor y me lancé al mar. En ese largo trayecto que no parecía acabar nunca, no se si porque estaba lejos o porque yo no quería llegar, los miedos y las dudas empezaron a llenar mi cabeza. Todo este tiempo convencida de mí misma y ahora me entraban las dudas. Me había convertido en una mujer, me había pasado toda mi vida detrás de algo que probablemente sería un cuento infantil fruto de mi imaginación. Yo misma me sorprendía, esa no era yo, yo no podía pensar esas cosas. Yo sabía que tenía razón. 

Cuando llegué a la isla me di cuenta de que era preciosa y que estaba deshabitada. Me quedé un rato sentada, lejos de la barca, en la arena blanca, con los pies rozando el agua, escuchando el crujir de las olas del mar. Tenía miedo, aunque no era exactamente por no encontrar nada, sino porque había invertido tanto tiempo en demostrar que vivíamos dentro de una bola de cristal, que hasta a mi me parecía absurdo. Me empezaban a gritar dentro de mi cabeza todas las voces que hace mucho tiempo me decían que estaba loca, y no hacía más que escucharme a mí misma diciendo lo mismo, lo cual me dolía más. Era una sensación muy extraña, yo misma me intentaba convencer de que todo había sido una locura, pero me hacía daño el pensar que lo era. Dentro de mí algo seguía diciéndome que tenía razón. Me levanté a pesar del cansancio, las dudas y los miedos. Me pesaba el cuerpo, es como si alguien quisiera que permaneciera sentada lamentándome, pero una vez más mi tozudez me hizo ir contra corriente y levantarme. En ese instante me puse en camino. Camine hacia mi barca mirando mis pies sumergirse en la arena. Una ola de tristeza me heló el cerebro y mi cabeza se quedo totalmente en blanco. Lo único que existía era yo, mis pies y la arena que se hundía bajo ellos. Fue entonces, cuando menos me lo esperaba, cuando menos lo imaginé cuando ya había aceptado que los hombres tenían razón y que estaba loca, mi cabeza chocó con algo que me hizo caer hacia atrás. Cuando recuperé un poco la vista después del golpetazo me di cuenta de que había empezado a nevar. ¡Qué raro! Estaba en pleno verano, con el calor que hasta ese momento me había quemado la piel, y, sin embargo, ¡estaba nevando! Sentía como la nieve empezaba a depositarse en mi piel y me la refrescaba. Cuando salí de mi aturdimiento levanté la mano, y con la mayor esperanza que ha tenido cualquier hombre jamás, la llevé hacia delante con los ojos cerrados. Mi mano, toco algo y cuando abrí los ojos me di cuenta de que era un cristal lo que tocaba. El cristal más hermoso que había visto nunca, pues nunca había deseado tanto mirar uno. Me tumbé junto al cristal y me quedé hasta que la nieve dejó de caer. Había encontrado el borde de la tierra, el cristal que nos rodeaba, y me había chocado tan fuerte con él que había hecho caer esa nieve que tienen las bolas de cristal dentro. Jamás me he sentido tan llena como me sentí en ese momento. Cuando empecé mi viaje, pensé en romper un trozo del cristal y llevarlo conmigo para reafirmar mi cordura, también pensé en que cuando lo encontrara llevaría a todos a verlo, pero en eso momento me di cuenta de que nada de eso importaba. Allí, con la arena, la nieve, el sol, el cristal, donde nada parecía tener sentido, para mí todo lo tenía y eso era lo único importante. Cogí mi bote y me marché de ahí sin cristal, sin pruebas y sin el mapa. Pensé que no tengo que demostrarle a nadie lo que yo crea, solo yo tengo que creerlo, con eso basta. Me di cuenta de que nadie es digno de quitarme la ilusión y que si no me creen, ellos son los que se pierden el privilegio de conocer la verdad. Decidí no llevar pruebas por que me di cuenta de que no servirían de nada, si no me escucharon una vez ¿Por qué lo iban a hacer dos veces? Solo estaría dispuesta a contar esta historia al que tuviese ganas de escuchar. ¿De qué sirve hablar si nadie quiere escuchar? Me fui sabiendo que jamás sería capaz de volver, pero con la seguridad de que no me haría falta nunca más demostrar nada a nadie, salvo a mí misma y para eso no necesitaba recorrer miles de Kilómetros.

Querido lector, no se si tú creerás esta historia, pero no me importa, yo la creo, y te aseguro que jamás he sido tan feliz que cuando he confiado en mi misma sin importarme lo que el resto de la gente pueda pensar. Sé que muchos pensaron que estaba loca, y sin duda muchos otros lo pensarán, pero yo, el mar, la arena, la nieve y el cristal, sabemos que los seres humanos vivimos encerrados en una gran bola de cristal.

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