Cuéntame una historia #25: No tan solos en casa

NO TAN SOLOS EN CASA

Espero a que aparezcan puntitos de luz sobre mis piernas, procedentes del sol a través de mi persiana. Espero a que aparezcan, sobre mi sábana, y se extiendan, a medida que asciende el sol, hasta cubrir mi cuerpo por completo. Pero no noto el calor del sol sobre mis piernas. Abro los ojos y está todo oscuro. Lo único que filtra la persiana es el frío de diciembre y la tenue luz blanca que se intenta abrir paso por entre las nubes negras. Parece de noche, pero son las 9. Me levanto, subo la persiana y miro por la ventana, cuyo cristal irradia frío, una gruesa capa de nieve que completa el tono blanco y negro del paisaje. Sin querer piso una bolsa de Doritos que había en el suelo y me caigo.

  • Perdón, creo que te he despertado.
  • No, no pasa nada. ¿Levas mucho tiempo despierta? ¡Eh mira, sigue nevando! Bueno, debería ayudarte a recoger todo e irme, que tengo campeonato de natación. Pero muchas gracias por todo Tere, ayer me lo pasé genial. ¡La próxima vez te quedas tú a dormir en mi casa!

Bajamos a la cocina, donde mi madre nos estaba esperando.

  • ¡Buenos días chicas! ¿Qué tal habéis dormido? ¿Habéis visto el día tan feo que hace? ¡No ha dejado de nevar en toda la noche! Bueno, os dejo para que desayunéis. Yo me voy al supermercado. Teresa, hazte cargo de los chicos.

Desayunamos tranquilas hasta que llegaron los mellizos, Tomás y Jaime, a alborotar. Encendieron la tele para poner dibujos animados, pero cuando se encendió se puso el canal de noticias. Todos nos quedamos embobados. “Noticias de última hora. Toda la ciudad se encuentra sumida bajo una enorme capa de nieve. Nos hemos visto expuestos a la más prolongada e intensa nevada desde 1983. En varias partes de la ciudad se han visto afectados el suministro de luz y electricidad. Hemos tenido la suerte de que ocurra en sábado, por lo que el tráfico es menor que el de los días lectivos. Sin embargo las máquinas quitanieves no dan abasto. El gobierno se encuentra ahora mismo reunido para tomar medidas de seguridad y poner en marcha el estado de alarma. Se recomienda no salir de casa bajo ninguna circunstancia más que para ir al supermercado o a la farmacia.”

  • Marina.
  • ¿Sí?
  • ¿Te hacía mucha ilusión el campeonato de natación?
  • ¡¡Tere ¿y papá y mamá?!! –gritaron los mellizos.
  • ¡Papá está trabajando y mamá en el supermercado! Hay que llamarles por si están atrapados en la nieve. Además papá fue en tren y seguramente los hayan cancelado así que no tendrá cómo volver. Y Marina, tu deberías llamar a tus padres para decirles que estás bien y que te tendrás que quedar aquí.

Y así hicimos todos. Mi padre nos contó que justo iba a llamarnos a nosotros. Había tardado 2 horas en llegar a su trabajo y además de tener que recuperar esas 2 horas, tenía mucho lío. Y por si fuera poco, para cuando hubiese terminado no tendría transporte para volver. No le hizo mucha gracia que estuviésemos solos en casa. Por otro lado, mi madre estaba atrapada en el tráfico y dijo que le llevaría varias horas salir de ahí. Hasta entonces Marina y yo estaríamos al mando, lo que no les hizo mucha gracia a Tomás y a Jaime.

  • Intenta entretener un poco a tus hermanos para que no se aburran pero también te agradecería un montón que limpiases un poco, más que nada para que cuando vuelva no parezca eso un campamento. Ah, y tenéis comida en la despensa. Te quiero mucho cariño, hasta luego.
  • Y yo, hasta luego. –cuelgo –Marina ¿qué te han dicho?
  • Mi madre también está atrapada en el coche así que prefiere que esté en una casa con más gente.
  • ¡Bien, fiesta!
  • ¡No, chicos! Como no vamos a poder salir de aquí durante las próximas horas vamos a procurar llevarnos bien. Antes de hacer lo que queráis tenéis que vestiros y hacer vuestra cama. Son solo 2 cosas. Sé que sois capaces, ya tenéis 11 años.

Marina y yo recogimos la cocina, nos duchamos, nos vestimos y ordenamos el cuarto mientras se oía a los mellizos discutir por todo. Y aún eran las 10.30. 

  • ¡Ya hemos terminado!
  • Vale, ahora haced lo que queráis pero sin discutir y sin armar demasiado jaleo.
  • Eso es fácil, ya he pensado que vamos a ver la peli que grabamos ayer.
  • ¡No, Jaime! Íbamos a jugar a la Play. Además esa peli ya la has visto mil veces, qué más te da.
  • ¡Pero me habías prometido verla conmigo! ¡Hasta te hice los deberes de ese día!
  • ¡Qué dices, solo te los hice porque el martes me dejaste tomar la última galleta de chocolate que quedaba!
  • ¡¿Qué?! ¿Fuiste tú?
  • ¡Vale ya! –gritamos Marina y yo –El trato era que hacíais lo que quisierais si no discutíais.

De repente se oye un estruendo que venía del piso de abajo, del desván. Luego un chisporroteo y luego… Oscuridad.

  • ¿Qué ha sido eso? –pregunta Marina.
  • Creo que hay un ladrón en el desván –dice Jaime.
  • No, habrán sido los plomos, que están abajo. ¿No veis que se ha ido la luz? –contesto.
  • No, no veo nada –aporta Tomás.
  • Tere y yo vamos a bajar a ver si se puede arreglar. Chicos, vosotros quedaros aquí.
  • No, no, no nos dejéis solos. Bajamos con vosotras.

Bajamos pues los 4 a tientas por la escalera. Se oyen crujidos de la escalera. Paramos todos un segundo pero se siguen oyendo los crujidos. Seguimos avanzando, ahora más lentamente. Llegamos al pie de la escalera. Se oye un golpe. Ninguno nos atrevemos a preguntar si hay alguien ahí porque sabemos la respuesta. Nos quedamos en silencio hasta que se escucha otro golpe, esta vez muy cerca de nosotros, y todos gritamos. También se escucha otro grito, el de un chico, y se enciende una linterna.

  • A esta linterna le van mal las pilas –dice el chico golpeando la linterna. Es el sonido que escuchábamos antes.
  • ¿Juan? ¡¿Se puede saber qué haces en nuestro desván?! ¡Nos has dado un susto de muerte!
  • ¡Juan! –los mellizos corrieron a abrazarle. Le adoran.
  • ¿Quién eres? –pregunta Marina, que no se está enterando de nada.
  • Soy Juan, el vecino de al lado. Bueno, el hijo de los vecinos de al lado. Mi padre está de viaje de negocios y mi madre trabajando en el supermercado así que estoy solo en casa.
  • ¿Y se te ocurre venir a visitarnos sin avisar y por la puerta de atrás?
  • ¡No, no, por supuesto que no! Vuestra madre me llamó para ver si estaba bien y para decirme que si quería podía venir. Pero pensé que os habría avisado. Así que nada, casi me vuelo por el camino pero llegué a vuestra puerta y vi que estaba taponada con nieve. Seguramente se haya caído del tejado. Y como tengo las llaves de la puerta trasera he entrado. Y justo se han ido los plomos y se ha estropeado la linterna.
  • En resumen, que no hay tele. –dice Tomás.
  • No hay tele. –concluye Juan.

Juan intentó arreglar el problema de la luz, pero no había manera, así que volvimos a subir todos a la luz de la linterna parpadeante de Juan. Por el camino me pregunta Marina:

  • ¿Cómo es que nunca me habías dicho que tenías un vecino tan guapo?
  • Marina, baja la voz. Claro que te hablé de él. Es ese que en verano nos corta el césped y que antes cuidaba a veces a mis hermanos…
  • Pero Tere, mírale ahora. ¿Cuántos años tiene?
  • ¿Quién, yo? –pregunta Juan.
  • No, no, ella se refiera a… a cuántos años tiene… em… la casa porque la pintura de la pared…
  • Lo que Teresa intenta decir es que sí, he preguntado cuántos años tienes porque parece que los mellizos te adoran. Te respetan.
  • Solía cuidarles cuando eran más pequeños. Tengo 18 y supongo que tú tendrás 16, como Teresa.
  • Sí.
  • ¿Qué vamos a hacer ahora sin tele? –preguntan los mellizos, que habían ido a por más linternas.
  • No todo va entorno a la tele. –digo yo –Podemos entretenernos a la vieja usanza. ¡Tenemos el juego de mesa que os regalaron por Navidad! Y podemos jugar los 5.
  • A mí me parece bien. –dice Juan.
  • Y a mí. –dice Marina.

Y así, milagrosamente, pasamos el tiempo sin ver la tele y sin discusiones aunque en unas circunstancias un poco surrealistas. Nos reímos mucho y se nos pasó el tiempo volando. Volvimos a la realidad cuando nuestras tripas sonaron de hambre. Ya eran las 2 de la tarde y no nos habíamos dado ni cuenta. ¡Nos habíamos tirado casi 3 horas jugando a un juego de mesa! Fuimos todos a la cocina y mientras los pequeños ponían la mesa (¡milagro!) los demás hacíamos la comida. Nos reímos un montón. No sabía cómo eran mis hermanos realmente. Jamás había pensado que tendría a 2 personas tan divertidas y graciosas tan cerca. De hecho siempre les alejaba. Al terminar de comer recogimos la cocina entre todos. Me hizo gracia hacer algo en equipo con los mellizos, aunque solo fuese recoger la mesa y meter los platos en el lavavajillas. Nos sentamos todos en el sofá del salón, mirando la tele, negra. Todos estábamos cansados, cansados de hacer todo y nada a la vez. Estábamos pensando, embobados, cada uno en su mundo. Yo pensaba que, si esta situación me hubiese pillado sola con mis hermanos, habría sido muy muy diferente. En primer lugar habría intentado hacer de madre y mandarles a Tomás y a Jaime un montón de tareas, por lo que se habrían rebelado y nos habríamos enfadado todos. Yo me habría encerrado en mi cuarto para estar con el móvil, leer o tocar la guitarra. En cuanto se hubiese ido la luz, mis hermanos se habrían quedado sin tele y se habrían estado peleando. Yo habría hecho caso omiso. Luego habríamos comido en silencio. De repente Marina me devolvió a la realidad.

  • Creo que ha vuelto la luz.
  • ¡Bien! –gritaron los mellizos mientras se abalanzaban hacia el mando de la tele.

Nada más pusieron los dibujos animados, mis padres llegaron.

  • ¡Hola! –gritaron Tomás y Jaime.
  • Hola. –dijimos Marina y yo.
  • Hola –dijo Juan.
  • No me puedo creer que hayáis estado todo el día viendo la tele.

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