Cuéntame una historia #37: TEHLA

De repente consigo abrir los ojos. Está todo oscuro. Noto algo encima de mi boca, pero no veo, paso mi mano por encima. Creo que es una mascarilla. Entonces algo me quita la mano. Enfoco un poco y percibo una figura delante de mí. Es entonces cuando me doy cuenta de que estoy sentada dentro de una especie de armario, muy pequeño donde apenas cabemos los dos, a un lado tengo una pared, al otro unas puertas como de rejas de madera y delante, a muy pocos centímetros, un hombre. Empiezo a tener claustrofobia y miedo de aquel ser que tengo tan cerca de mí. Intenté separarme e iba a comenzar a gritar, pero este hombre me tapó la boca con la mascarilla entre su mano y mis labios y trató de tenerme quieta, aunque me resistí con todas mis fuerzas. 

– Emily, tranquila te has desmayado, pero he conseguido esconderte conmigo para q no nos encuentren los ASET. – Dijo susurrando muy levemente, pero yo seguía moviéndome. – Emily, para. Vas a conseguir que nos maten a los dos. –

Por un extraño impulso me quedé paralizada. No entendía absolutamente nada. ¿Quién era Emily, quién eran los ASET, era este hombre peligroso, dónde estaba y por qué? Tantas dudas asaltaban mi mente, estaba tan confusa. 

Tras unos diez minutos que me parecieron los más largos de mi vida cesaron los pasos que oía de fuera del armario, el hombre me soltó y abrió la puerta. Mis ojos tardaron en acostumbrarse a tal repentina luz, sentía que llevaba muchísimo tempo sin ella, pero salí lo más rápido que pude. Me puse de pie y analicé dónde me encontraba. Creo que podría ser una habitación de una niña a juzgar por el color rosa del papel de la pared, aunque estaba casi sin color y faltaba en la mayoría de la habitación, una cama totalmente desvalijada y un osito tirado en el suelo, pero sin cabeza. La habitación estaba totalmente en ruinas y creo que el edificio entero, las paredes rotas y ni un indicio de vida.

– Emily, se puede saber qué te pasa. – Me asustó su voz a través de la mascarilla, se me había olvidado que seguía allí conmigo. – Estás rarísima, igual te has dado en la cabeza al desmayarte, ¿te duele algo? 

– Primero, no sé quién es Emily, y tampoco sé quién eres tú ni dónde estamos. –

– A ver, no me vaciles, si no te duele nada entonces vámonos que no vamos a llegar a la base a tiempo para el toque de queda. – 

Se dispuso a comenzar la marcha, pero me interpuse en su camino, – no has contestado a ninguna de mis preguntas. –

Fue entonces cuando vio mi cara de desesperación y de terror, se dio cuenta de que podría ser que estuviera diciendo la verdad y no me acordara de nada, pero seguía teniendo una mirada de desconcierto. 

– Por ahora, vente conmigo y cuando lleguemos hablamos de todo esto, pero es importante que estemos en la base si queremos seguir viviendo. – Obviamente yo me veía en una encrucijada, qué opciones tenía al fin y al cabo, quedarme aquí sin saber nada y según él con peligro de muerte o irme con este hombre que parece que me conoce y que sabe las cosas que necesito. – confía en mí – me extendió la mano. 

– ¿Cómo te llamas? –

– Oliver. –

Finalmente asentí y decidí seguirle, pero nada de darle la mano. Nos pusimos en marcha y me dijo que era muy importante que fuera en silencio y que siguiera sus pasos sin hacer el más mínimo ruido. 

Salimos del edificio, pero todo estaba desierto. Fuimos escondiéndonos, sin llamar la atención, entre las sombras. Corrimos alrededor de 30 minutos a toda máquina, y estaba deseando que se acabara porque mis pulmones estaban a punto de estallar. Entonces llegamos a la supuesta base. Estaba totalmente oculta. Teníamos que meternos en un edificio el cual tenía una especie de baldosa que se podía levantar. Por ahí llegabas a unas escaleras muy profundas que de primeras me produjeron un vértigo terrible. Tras bajar lo más rápido posible llegabas a una zona amplia al final de la cual había una puerta de metal muy robusta. En esta puerta había un pin de acceso que tecleó rápidamente y se abrió la primera puerta, la cual dio lugar a una segunda con otro pin y a una tercera con otro. Tras la última Oliver se quitó la mascarilla, y yo le seguí, y se abrió una entrada como a una especie de ciudad con una valla con personas de seguridad que la guardaban. Era la primera vez desde que me había despertado que veía a unas personas. 

– ¿Qué tal ha ido hoy, Oliver? – dijo uno de los guardas. 

– La verdad es que casi nos topamos de frente con ellos y hemos tenido que volver lo antes posible. – 

Tantas incógnitas rondaban mi cabeza. Ellos. ¿Se referiría a aquellos de los que nos escondíamos?, ¿a aquellos a los que llama ASET? 

Nos abrieron la valla y uno de ellos sacó lo que debía ser la moto de Oliver. Rápidamente él se subió a la moto, se giró y esperó a que yo hiciera lo mismo. Algo dentro de mi hizo que mi cuerpo se moviera solo y sin quererlo ya estaba subida en la moto, preparada para arrancar. Aceleró repentinamente y casi caí hacia atrás, pero logré conseguir el equilibrio. Íbamos por una carretera y a pesar de estar bajo tierra eso era campo. Había árboles y hierba e incluso me pareció ver un arroyo. A lo lejos se iba dibujando una ciudad con sus edificios y gentes. Era precioso el sitio, pero no entendía qué hacíamos allí abajo, por qué aquí sí había gente y arriba no. 

Por fin llegamos a la ciudad, llena de edificios, de tiendas, de gente… Una ciudad normal y corriente, era desconcertante. Nos desviamos hacia una serie de casas, alejadas del pleno centro. Nos detuvimos en una. Él se bajó y yo le seguí. Se fue directo a la casa y yo me quedé quieta. Se giró, me miró y me pidió que entrara con él. No sabía si salir corriendo, o si hacerle caso y preguntar todo lo que se me pasaba por la mente. Opté por lo segundo. 

Al entrar me pidió que me sentará en un sofá y me trajo agua y una pastilla. 

– Tómatela, te vendrá bien para recuperar fuerzas. – No sé por qué sentía que podía confiar en él. Se sentó enfrente de mí. 

– Y ahora tienes que responder a mis preguntas. –

– Dispara. –

– No sé quién es Emily, yo me llamo Natalie. Eso lo primero. No tengo ni idea de quién eres ni de por qué me conoces. – 

– Yo tampoco entiendo nada, te llamas Emily, y yo soy Oliver, tu compañero de campo. Somos el equipo 4 de reconocimiento. – Estaba tan alucinada de lo que me estaba contando. No me sonaba de nada.

– Pues para mí es la primera vez en la vida que te veo. Y, ¿por qué estamos bajo tierra?, ¿de quién estamos huyendo? –

– Vistos los acontecimientos, creo que tengo que empezar desde el principio. ¿No te acuerdas del Tehla? –  

– Te… ¿Qué? – 

– Hace cinco años el Gobierno expandió por todo el territorio un virus mortal llamado Tehla. – Lo decía como esperando que algo se activará en mí y volviera a ser aquella chica que él conocía, pero no sucedía. – Ellos dijeron que era un nuevo tipo de virus no identificado, pero más adelante tras millones de muertes, se comenzó a investigar. El Gobierno había creado un nuevo virus, quería experimentar cómo sería la propagación de un virus de este calibre, cómo íbamos a reaccionar y para sanar la tierra de tantos seres humanos, es decir, exterminarnos. Nos aislaron del mundo entero, pero les salió mal. Se les fue de las manos ya que nos enteramos de las verdaderas razones, por lo que ya el Gobierno no dejaba que ninguno saliese al mundo exterior contando la verdad. Conseguimos sobrevivir muchos y creamos esta base que ves ahora. Por eso ahora se pasan el día buscando sobrevivientes para exterminarlos ellos mismos. A estos agentes los llamamos ASET, Agentes del Servicio de Exterminación del Tehla. Quieren deshacerse de todos nosotros. Pero estamos aquí escondidos, encontrando la manera de cruzar esas murallas que nos separan de la libertad… – 

Él seguía hablando, pero yo todavía tenía que asimilar lo que me estaba diciendo. No recordaba absolutamente nada de lo que me contaba. Estaba muy concentrada buscando en mi memoria algún indicio de lo que me estaba diciendo Oliver y de repente toda la habitación comenzó a dar vueltas. Intenté sujetarme al sillón y él se levantó en seguida para intentar ayudarme, pero era tarde.

Al principio oí su voz de lejos, llamándome y pidiéndome que no cerrara los ojos. Pero ya no escuchaba nada. Ni el más mínimo sonido. No podía moverme. No sentía nada.  Todo era oscuridad.

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