Cuéntame una historia #39: los tanques bajo la luna

      Hola, me llamo Juan. Nunca creeréis lo que me pasó ayer, una historia que a cualquiera pondría los pelos de punta… Pues me pasó a mí. Todo empezó por la mañana. Llevaba metido en la cama unas dieciséis horas, porque estaba enfermo. Mi padre me había dicho que el coronavirus no debía preocuparme porque al tener seis años, no me afectaría demasiado. Y así lo tome, no me estaba preocupando absolutamente nada. Al principio, cuando mis padres me contaron que no habría colegio, me emocioné, ¡sin cole! Pero nada de eso, aunque no haya colegio, no me está gustando nada. No puedo ir a casa de mi abuela Pilar porque como dice mi madre, está muy débil y podemos contagiarla. Encime que vive sola… Tampoco me gusta porque no puedo ver a mis amigos. Y para colmo estoy enfermo, aunque ahora no me encuentro mal. En fin, que cuando me levanté,  me puse mis zapatillas de andar por casa y bajé a desayunar. No había nadie en la cocina porque mis hermanos mayores estaban estudiando arriba, pero me extrañó no ver a mis padres. Siempre, cuando me despertaba y bajaba, mis padres estaban desayunando, yo les daba un beso de buenos días y me tomaba la leche tranquilamente, por eso me extrañe muchísimo. Desayuné corriendo y me vestí. Me puse todas las cosas que mi madre llama imprescindibles; la mascarilla y los guantes. Me encanta disfrazarme porque así parezco un científico. Salí a la calle, pero a hurtadillas, porque si mis padres me encontraban saliendo solo a la calle y encime ahora… Uff mejor no pensarlo. Me encontré con que no había absolutamente nadie, ni en las aceras ni en la carretera. Cogí la calle que me llevaban al trabajo de mi madre y estuve andando unos quince minutos. Mi madre es la jefa de unos almacenes del aeropuerto. Su trabajo es espectacular, todo es enorme y si te descuidas, sin duda, te perderás. Cuando llegué, entré por la puerta de atrás, ya que siempre estaba abierta. En el almacén principal no había nadie, todos los trabajadores estaban reunidos en las salas de arriba. Al entrar, me encontré con algo… ¡eran enormes! Diez, treinta, ¡no! ¡Como mínimo eran cien! Estaba rodeado, había muchísimos tanques y en cuanto percibieran alguno de mis movimientos, me mataría… estaba perdido. Pero como yo ya tengo seis años y soy todo un hombre, me armé de valor y, sigilosamente me fui agachando. Una vez abajo, pensé en mi estrategia. Iría arrastrándome por el suelo y evitando al enemigo, hasta llegar a las escaleras que me llevaban hacia arriba, y como ya he dicho que soy todo un hombre… Pues en vez de huir, iría a salvar a mi madre y a todos sus compañeros. Y así, comencé con mi plan. Fui por el suelo, en ese momento no lo pensé, porque como es lógico, ¿cómo me iba a preocupar por esas cosas? Pero ahora pienso que si mi madre me hubiese visto, se hubiese asustado de verme ahí tumbado, cogiendo frio cuando tenía 38 de fiebre. En fin, que mi salud no importaba. Lo importante era salvar a mi madre. Cuando llegué a las escaleras oí un ruido muy fuerte ¡Ohh no! Los tanques se estaban moviendo… me querían matar. Y en ese momento, noté un fuerte dolor en la garganta, y no  pude evitarlo…Me puse a llorar. Creo que ha sido uno de los peores momentos de mi existencia. La vida de mi madre y de miles de personas dependía de mí, y yo estaba ahí llorando, y con el enemigo intentando matarme. Conté hasta diez muy despacito, respirando hondo. Una vez tranquilo volví a luchar contra mi miedo y me llené de valor. – ¿Sabes, que no te tengo miedo? ¡No me importa lo que hagas porque voy a salvar a mi madre y a todos los de este edificio!- grité con todas mis fuerzas al enemigo, al mismo tiempo que me ponía en pie. Corriendo a la velocidad del rayo llegué a las salas de arriba y cuando fui a entrar en una de ellas, una fuerza me tiró hacia atrás… Estaba perdido. Otra vez noooo. A punto estaba de volver a llorar, hasta que vi su cara. Mi madre, ahí estaba. Estaba salvado. La abracé pero fui muy listo y decidí que el gesto no durara mucho tiempo, pues el enemigo estaba a unos metros de nosotros. – Mamá, no te lo vas a creer. Están abajo, y quieren matarnos a todos. Tenéis que huir. Corre y avisa a todo el mundo, en apenas unos minutos derribarán el edificio entero. Corre- . Mi madre, como estaba tan asustada no me entendió, así que decidí ir a enseñárselo. Nos asomamos por uno de los balcones interiores del almacén y lo vio. Ahí estaban. -Juan, ¿qué pasa? ¿Dónde están?-, – Mira mamá, abajo…-. No podía entender como no los veía. Mi madre me cogió en brazos y me llevo abajo. ¿Qué está haciendo? Pensé. Y en ese momento mi madre tocó uno de aquellos enormes tanques. No me extraño, porque mi madre es una de las personas más valientes de este mundo, junto con mi padre, pero…- Mira cariño, esto no son tanques, son paquetes enormes que hemos recibido-. ¡Cómo son los mayores! No saben distinguir la realidad. Al final me acabe creyendo que esos tanques no eran del enemigo, pero, que me dijera que no eran tanques… Estaba un poco loca. 

      Después de ese extraordinario incidente, mi madre me llevó a casa y me metió en la cama. Pero no me pude dormir después de la aventura que acababa de vivir. Y eso es todo. Lo que me impresiona es mi madre, que piensa que son paquetes, en vez de ver la realidad; los tanques. Cuando mi madre crezca un poco se dará cuenta de lo equivocada que estaba… Todo esto pasó ayer, pero lo que más me gustó es que mi madre me dijo que los tanques, que ella llamaba cajas, representaban lo más profundo del ser  humano; la cooperación y la unidad que existe entre países, la generosidad y la solidaridad de este mundo. Y acabó con una frase que me gustó mucho, “Aunque los océanos nos separen, nos une la misma luna”.

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