cuentame una historia #4: Todo comenzó en Wuhan

 Todo comenzó en Wuhan.

Wuhan, China. Lugar que pasa desapercibido por la mayoría de personas del siglo XXI, sin embargo, sería un lugar conocido y recordado por toda la humanidad desde que comenzó aquel virus, el Coronavirus, el 1 de Diciembre de 2019.

¡Hola! Mi nombre es Rocío, tengo 18 años y estudio arquitectura de interiores en la Universidad Politécnica de Madrid. Vivo con mi hermana melliza, Rosario, mi hermano, el mayor, Marcos, mis padres, Elisa y Fran y con mi perra Caña, una caniche toy marrón muy juguetona.

Todo comenzó un 25 de Febrero de 2019, cuando en la universidad  nos propusieron entregar un proyecto voluntario acerca del desarrollo de aquel virus, sus características, síntomas, consecuencias y los distintos modos de contagio. Tras haber realizado un trabajo de investigación del Covid-19 (Coronavirus), mis compañeros y yo nos dimos cuenta del peligro en China y de la gravedad de la situación en este país. Una vez entregado el proyecto, el profesor de economía, Jorge, un hombre joven, bastante atractivo y muy inteligente, nos explicó lo que estaba ocurriendo con el virus. Este, se había contagiado de manera inmediata y había alcanzado a gran parte de la sociedad china, provocando en algunas de ellas incluso la muerte. Sinceramente, el virus no me preocupaba ni lo más mínimo ya que China es un país del continente asiático, el cual está a millones de kilómetros y además no tenía ningún familiar ni ser querido viviendo allí, por lo tanto era algo que me habían contado, explicado, había investigado y lo había olvidado.

Según iban pasando los días, el número tanto de infectados como de fallecidos iba aumentando hasta convertirse en cifras extraordinarias. El virus, pasó a Italia, donde tuvo graves consecuencias, y días más tarde entró en España.

El dichoso virus era el único tema comentado, tanto en redes sociales, en medios comunicativos e incluso en la universidad. Recuerdo como saturada del tema  le propuse a mi novio, Jaime, salir a cenar a un restaurante llamado Lateral, al que acudían muchos jóvenes y en el que la comida era siempre deliciosa.

 Por cierto, todavía no os he presentado a Jaime, mi novio. Él tiene 19 años y estudia en mi universidad ingeniería industrial, es extremadamente guapo, pelo rizado, castaño, ojos verdes, y alto. Es simpático, muy gracioso y para mi gusto demasiado pasota y de vez en cuando un poco borde, pero bueno, le quiero igual.

 Terminamos de cenar y como todo hombre educado, me acompaño a la puerta de mi portal (porque vive dos calles más arriba). Al llegar a mi casa sentí que estaba más relajada y que había sido una noche espectacular, la verdad es que había estado fenomenal. Pasaban los días y el tema del virus cada vez iba siendo más popular. Hasta que llegó el lunes 9 de marzo. Como cualquier día, me encontraba en mi habitación realizando todos aquellas interminables láminas de dibujo técnico, cuando mi hermana me grita desde la cocina “VACACIONESSSSS”. Ante semejante chillido, me acerco a donde estaba Rosario y me explica lo ocurrido. El gobierno de España había decidido cancelar todo tipo de actividades sociales, colegios, guardería y universidades para prevenir un mayor contagio del virus. Para ser honesta, he de decir que aquel día me sentía inmensamente feliz de pensar que contábamos con dos semanas de vacaciones. Sin embargo, desde la universidad nos transmitieron que este periodo de cuarentena no eran vacaciones sino que tendríamos clases virtuales con cada profesor de cada asignatura y que tendríamos diferentes fechas de entrega para un número indeterminado de proyectos. Yo, inconsciente de la importancia de la situación, pensé en la necesidad de un posible aumento de paga, ya que durante  las “vacaciones” pensaba salir todos y cada uno de los días. 

Los primeros días de la cuarentena lo pasé en grande, realicé todas mis tareas de la universidad, hice ejercicio, salí con mis amigas cercanas a dar paseos en bicicleta y quedé un par de veces con Jaime. El 14 de marzo el gobierno anunció la orden de confinamiento absoluto, lo que quiere decir, que cualquier persona que salga de su casa para algo que no sea trabajo, cuidado médico o cuidado de sus mascotas y compra de alimentos, sería sancionado con una multa de mucho valor. En cuanto escuché esto, no dudé en quedar con Jaime para por lo menos poder despedirme, y esta despedida no fue nada fácil. Primero, porque mi madre no me dejaba salir de casa por la trascendencia de la situación, por lo que tuve que escaparme. Y segundo, porque no me apetecía despedirme de mi novio, ya que íbamos a cumplir 9 meses juntos el 21 de marzo. 

Vivía en un piso en Madrid centro y decidí hacerme un horario o moriría tanto de aburrimiento como de estrés. Me levantaba todos los días a las nueve de la mañana, desayunaba, me vestía, arreglaba mi habitación y estudiaba hasta las dos. Comía y dormía una siesta hasta las cinco. A las cinco merendaba y después hacía diferentes actividades según me apetecían; pintar, bailar, ver una serie, jugar a algo con mi familia… A las ocho hacía deporte y luego me duchaba. Las nueve era la hora de cenar, mientras se veían las noticias. A las diez comentábamos el día en familia y después hablaba con Jaime y con mis amigas por House party, una aplicación estupenda con la que me relacionaba con toda mi gente querida. Me lavaba la cara, los dientes y me acostaba a las once y media. Así todos los días. La rutina diaria comenzaba a cansarme y a aburrirme, con lo que decidí cambiarla. A los seis días de haber iniciado el periodo de cuarentena ya estaba deseando volver al día a día normal, a la rutina universitaria, a poder abrazar a mi novio y charlas con mis amigas. Pero el gobierno decidió que este periodo debía alargarse quince días más, con lo que me desesperé y ya no sabía qué hacer. La vida empezó a convertirse en un absoluto aburrimiento. El ambiente familiar se transformó en pura tensión, pues todos nos encontrábamos ante la misma situación y nos enfadábamos unos con otros por la más mínima tontería. En estos largos días de confinamiento fue cuando comencé a valorar los pequeños detalles del día a día que me hacen plenamente feliz; coger la línea 9 de metro para llegar a la universidad, tomarme un café con todos mis compañeros de clase, abrazar a mi Jaime, ver a mis abuelos, salir a dar un paseo, o tan solo dar un beso de buenas noches.

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