Cuéntame una historia #41: El mundo está ciego

Hoy es viernes, mi hermano y yo llevamos encerrados tres semanas en una casa antigua desconocida sin poder salir. Nuestros padres están en un hospital las 24 horas del día y solo podemos hablar con ellos quince minutos. Cuando saltó la noticia, rápidamente  todas las personas vaciaron los supermercados, las farmacias estaban llenas, llevar mascarillas y papel higiénico era la moda… en resumen, todo el mundo se revolucionó. No solo sucedía en nuestro país, sino se había extendido a casi todo el mundo, incluso a los lugares más remotos. 

Pero la pregunta es ¿Qué está sucediendo? , hay muchas respuestas y opiniones para una cuestión tan sencilla: “un simple virus”, “un aviso de la naturaleza o de Dios”, “la tercera guerra mundial”, “el fin del mundo”… todas ellas desde distintas perspectivas. Pero la realidad es que nos estamos enfrentando a una pandemia, una epidemia que tiene principio pero no sabemos cuándo será el fin.

El aburrimiento ya ha pasado y la creatividad ha empezado a resurgir. Nos hemos inventado juegos, canciones y teatros, pero sin duda nos hemos pasado horas indagando por toda esta casa tan curiosa. Hace dos días encontramos un refuerzo en el que ambos nos sentimos identificados: unas hojas arrancadas escritas aparentemente en un diario durante la época de 1939. Ansiosos nos pusimos a leerla y comenzaba de esta manera:   

Querido diario:

Mi nombre es Frederika y tengo 14 años, puede que estas hojas sean las únicas que te haya escrito en toda mi vida. Estos últimos meses han podido ser los más largos e intensos que he pasado. Sin embargo, nunca había sentido a mi familia tan unida y eso ha sido lo único que me ha ayudado a seguir luchando.

Todo se encontraba como era habitual: corríamos por el campo, íbamos a comprar al pueblo, montábamos a caballo… y todo esto, en un día se derrumbó. Tristemente, empezó la guerra, algo totalmente inesperado y nuevo para mí y mi familia. Me venían recuerdos, historias, cuentos… que nos había contado mi abuelo y simplemente tenía miedo. Mi padre es médico militar y por eso tuvo que ir a ayudar a los distintos frentes de la armada, desde ese momento todavía no le he vuelto a ver.

Mi madre, que es judía, se quedó sola con sus cinco hijos que somos y al principio fue bastante duro. Nos habían informado que en tres días ya no se iba a poder salir de casa por lo que sin pensárnoslo dos veces fuimos al mercado y también compramos antibióticos en caso de enfermedad. Pocas noticias recibimos de mi padre, a pesar de ello, mi madre nos ha estado infundiendo esperanza e incluso nos ha contado muchas anécdotas que nos hacían reír.

Mis hermanos y yo decidimos escaparnos un día, y llevar algunos de nuestros juguetes a los heridos que estaban en los lugares habilitados para acogerles. Para nuestra sorpresa, cuando volvíamos por el campo, vimos a lo lejos unos niños trabajando que iban vestidos con pijamas de rayas. Entusiasmados, se lo contamos a nuestra madre y nos explicó que no íbamos a poder salir más porque estábamos en peligro, éramos judíos. 

Más tarde, mi hermano pequeño de cinco años enfermó y tuve que ir a comprar medicamentos para que se curara. Por el camino, unos hombres me cogieron y me llevaron a ese mismo campo que yo recordaba cuando caminaba con mis hermanos. Me raparon el pelo, me pusieron el mismo pijama con un número añadido y empecé a realizar unos trabajos forzosos. Durante todo ese tiempo no supe nada de mi madre, me sentía muy sola a pesar de que estaba rodeado de más niños. Todos estábamos muy tristes y cansados, pensar que estábamos completamente aislados sin apenas comer nos debilitaba tanto física como mentalmente. No obstante, siempre había algo que tiraba de mí, que me hacía sonreír y por ello no perdía la esperanza.

Tras cinco meses en ese lugar, mi padre apareció y milagrosamente consiguió sacarme a mí y a Erika, una gran amiga que me había hecho. Pocos días después enferme gravemente y llevo desde entonces en un hospital rodeada de mis seres queridos.  

Me quedan pocos días, pero sin dudarlo estos meses han sido los mejores de los dieciséis  años que llevo viviendo. Me he dado cuenta, que antes de todo, vivíamos completamente ciegos, nos habíamos acostumbrado a cada una de las acciones rutinarias que realizamos y sin embargo, era un regalo enorme. Esta lucha puede que haya tenido ametralladoras y bombas, pero personalmente pienso que ha sido una lucha contra nosotros mismos. Nos hemos dado cuenta de lo que podemos llegar a ser y lo fuertes que somos cuando estamos todos juntos y queremos defendernos.   

El panorama no es que sea muy agradable. Mientras he estado escribiendo estas líneas, unos han muerto, otros están siendo enterrados y otros caen gravemente heridos. Todo esto es bastante frío pero con un poco de fuerzas se puede vivir. Espero que esto se acabe cuanto antes y por fin veamos el final del túnel en esta segunda guerra mundial.

Muy atentamente,

Frederika

Después de leer esta carta, ambos nos quedamos en silencio, pensando y reflexionando. ¿Por qué nos habíamos encontrado con estos papeles? La verdad es que esa pregunta no podemos responderla pero ha sido un simple papel el que nos ha permitido ver todo desde otra perspectiva. Verdaderamente, hasta ahora, vivíamos completamente ciegos, poder ver a mis amigos todos los días o poder andar por la calle no lo valoraba al igual que ahora lo hago. Se podría decir que tener la libertad de tus acciones es una gratificación. 

Sin lugar a dudas, voy a aprovechar el mayor tiempo posible con mi hermano y vamos a pensar ideas para que todos los pacientes no estén metidos solos en una habitación. Al igual podemos escribirles cartas a ellos y a los enfermeros por su gran esfuerzo diario, como el que nuestros padres efectúan. Nos quedan días o semanas, pero se y sabemos que de nosotros no va a salir ninguna queja y que estar dentro de esta casa solo nos va a traer buenos recuerdos y anécdotas que contaremos a las próximas generaciones.

Ante todo y por todo, nunca olvidaré que no podemos vivir cegados a la realidad porque todo nuestro alrededor, desde nuestra familia y amigos hasta nuestra propia vida y libertad es un grandísimo regalo. Por lo que abriré los ojos, valoraré, agradeceré y miraré más allá de lo aparente.

“Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran”. José Saramago

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