Cuéntame una historia #42 : memorias del paciente 21678

Al ritmo de un huracán o quizás de un tsunami se aproximaba una catástrofe en forma de neumonía desconocida. Fue Wuan la primera víctima de sus atrocidades. El COVID-19 (así es como lo llamaron) cobraba la vida de miles de personas inocentes ya en la localidad china por lo que decidieron establecer el estado de alarma. Siendo ya demasiado tarde ya estaba presente no solo en Corea si no también en Rusia, Estados Unidos y Australia. Esto solo era el principio pues nuestros vecinos no tardaron en contraer esta temible enfermedad. Tan drástico fue que Italia lideraba la lista como el país con más muertos por este virus al que en España seguían disfrazando y calificando como un resfriado inofensivo. Así pues, nadie aquí se preocupaba por tomar ninguna medida. Los españoles seguían celebrando conciertos, manifestaciones, competiciones deportivas a pesar de que el virus amenazara ya las islas del sur. Las alarmas se activaron demasiado tarde en España y a pesar de que se tomaron no mucha gente cumplía con las normas establecidas. Yo supe que era demasiado tarde.

Unos días antes de cerrar los colegios, caminaba yo tan tranquila como siempre parándome de vez en cuando pues era una persona asmática con dificultades respiratorias y necesitaba recuperarme. Yo me tomaba muy en serio lo del COVID-19, al parecer demasiado, debido a que cuando intentaba explicarles a los demás lo que había ocurrido más allá de las fronteras madrileñas, ellos me cortaban defendiendo la famosa definición española del corona virus “es como un resfriado leve”. 

Al día siguiente en el colegio me llamó mucho la atención oír que ahora el COVID-19 ya no era considerado por los demás un resfriado, sino una gripe fuerte. Y pensé en el poder de los medios de comunicación y de la fuerza que tienen para manipular a las masas. Mi madre es enfermera así que conocía las últimas noticias no manipuladas. El número elevado de casos y la ausencia de material sanitario entre otras realidades que no eran transmitidas por televisión y ocultadas a la población, las conocía de primera mano.

Esa misma noche las clases se cancelaron. Sin embargo, los días anteriores había compartido tiempo con mis compañeros quienes habían ido no solo a conciertos, sino también a alguna manifestación. 

En las noticias ya no ocupaban los titulares los distintos partidos de fútbol celebrados sino el COVID-19. Tan solo unos días después, este temible virus ya era considerado pandemia mundial. Prácticamente en todos los países ya había personas que contraían esta enfermedad, y muchas de ellas había muerto y estaban muriendo. A pesar de mis dificultades respiratorias no le tenía miedo.

A lo largo de esa semana sentí un ligero mal estar general acompañado de dificultades respiratorias, pero decidí no preocuparme puesto que era una niña con asma y esto nos sucede a veces…

El domingo sentí un dolor pleurítico que me hizo agonizar. El miedo se adueñaba de mi cuerpo a la vez que subía mi temperatura corporal hasta que dejé de ser consciente. 

Me desperté en un hospital enchufada a un respirador, pero cuando abrí los ojos y observé con claridad me llevé una gran sorpresa. En realidad, me encontraba en un gimnasio colegial con 100 literas donde los enfermeros y médicos atendían a los afectados. Comprendí entonces que yo era una de ellas. Me habían contagiado.

La rabia y la tristeza crecían en mi debido a que yo había sido responsable, estaba segura de ello. Había cumplido con todas las normas y precauciones, me lavaba las manos entre horas y no asistía a lugares aglomerados. Sin embargo, no todos los de mi entorno lo habían hecho. La ira me consumía al igual que la culpabilidad, ese sentimiento de responsabilidad por un daño causado o no evitado. Los pensamientos negativos y reproches sobre mí misma por haber arrastrado a mi familia a esto era lo único que podía sentir ahora…

– ¿Olivia? – Me incorporé rápidamente. Se trataba de una joven asistente de enfermería de veinticuatro años. Vestía una bata blanca y unos zuecos de tacón grises. Su mirada trasmitía una tranquilidad abrumadora en aquellos momentos tan difíciles. Con una expresión amable, se abalanzó sobre mi suavemente para tomarme la fiebre. Intenté conversar con la enfermera, pero recordé que el respirador me lo impedía. Ella al darse cuenta se presentó, Ainara se llamaba. Me dijo también que ella se encargaría de cuidarnos a mí y a Javier entre otros muchos pacientes. La enfermera debió de advertir mi ceño fruncido pues comenzó a explicarme quien era Javier. Se trataba de un hombre de ochenta años, pelo blanco y ojos marrones. Casado y exprofesor ahora guitarrista. Un hombre muy bueno al parecer.

No tardé en conocerlo pues nos trasladaron a dos camillas cercanas. Éramos muy parecidos supongo, ambos apartados de nuestras familias y con respirador así que deduje que él también era asmático. Consecuentemente ninguno de los dos podría hablar por lo que pensamos un método para comunicarnos y para matar el tiempo, la escritura y el dibujo. Qué ironía, lo pasábamos genial en aquel infierno tan solo con un bolígrafo y folios en blanco.

Cada vez acudía más y más gente a este gimnasio que empezaba a estar más que lleno. Las mascarillas de oxígeno ya se habían agotado y el pánico entre los trabajadores crecía. Sin embargo, yo seguía disfrutando con Javier y con sus dibujos. 

La llegada a mansalva de nuevos casos de COVID-19 ocasionó el agotamiento de respiradores. Se sentía el miedo entre los responsables médicos y pacientes, la incertidumbre era causa de este sentimiento pues a alguno de nosotros nos tocaría sobrevivir sin oxígeno facilitado. 

Primero le tocó a Javier y a tres ancianos quedarse sin aquel aparato vital para ellos, estas mascarillas eran cedidos a otros.

Apenas cinco minutos más tarde Javier murió y no pude contener las lágrimas pues él era la persona más parecida a familia que tenía en este horrendo lugar.

Llegó el momento. El personal sanitario necesitaba más respiradores para otros pacientes y decidieron apagar el mío. 

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